Ogilvy & Mather para International Society for Human Rights
que ganó medalla de bronce en los Premios Clio 2009 en Nueva York
Hace unos días Rafael Hernández, profesor de la Universidad de La Habana y director de la revista Temas, en el marco de una conferencia que dictó en la Universidad Internacional de la Florida, al responder a una pregunta del auditorio acerca del blog Generación Y de Yoani Sánchez, consideró que hay mucho de ciberchancleteo en el tratamiento de los temas relacionados con Cuba en internet, porque son enfocados más como catarsis que como análisis serios. Y al unísono, convocada por la poco catedrática afirmación, toda la blogósfera cubana estalló en un decidido y orgulloso cutareo, como diríamos en mi tierra oriental a esa acción de sonar la chancleta.
Chancleteo es, en nuestro argot, no precisamente catarsis —que es una palabra griega, finísima—, sino chusmería, bajeza, vulgaridad, desahogo visceral, chisme de barrio, de solar, de cuartería, de vecindad. Que la blogósfera cubana sea un cibersolar es algo simplemente idiosincrásico, porque así somos los cubanos: breteros, buscapleitos, cabeza dura y malapalabrosos. Y en esos cuartos reducidísimos de multiviviendas compartidas se hablan, muchas veces, las cosas más serias que a la nación competen. Por ejemplo, las miserias y la libertad.
Claro, que en la respuesta de Hernández hay un valor agregado: tratar de restarle importancia, desmoralizar al contendiente ha sido una de las prácticas más frecuentes del gobierno cubano como lo es —no nos engañemos— de la política “democrática” que conocemos en el resto del mundo. El detalle, en el caso cubano, es desentrañar —y la mayor parte de las veces no hay que profundizar mucho— qué tanto estos personajes hablan realmente por sí mismos y cuánto por no perder las posibilidades del viajecito al extranjero, que les permitirá comprar a su familia ropitas y regalos que no hay en Cuba o, incluso, equipos profesionales de trabajo como una computadora o bibliografía imposible de encontrar en la isla de los libros prohibidos. Qué tanto expresan sus propias convicciones y cuánto dicen por órdenes de otros, o por mantener estatus y prebendas a su regreso.
Ciberpayasa le llamó a Yoani hace unos días M. H. Lagarde, esa especie de paparazzi socialista que ha convertido a la bloguera en su “contenido de trabajo” y que suele acusarla de algo que le pega mucho mejor a él: de mercenaria. Pareciera que el enemigo número uno del gobierno cubano ya no son el imperialismo yanqui y los ciclones sino una simple internauta, y que sus mejores torpederos están enfocados a su desprestigio. Todo porque ella se ha dedicado a retratar en su blog la cotidianidad cubana y ha tenido la osadía de desafiar a las autoridades migratorias para que le expliquen por qué le prohíben la salida del país, aun para viajar a las entregas de los premios internacionales que le han sido conferidos. Si Yoani fuera realmente tan poca cosa, tan insignificante, tan payasa y chancletera, ¿cuál sería el peligro de que abriera la boca? Si ni siquiera el pueblo cubano tiene acceso a internet ni puede leer sus posts…
Pero si no bastara con los ideólogos, han grabado y difundido una serie de videos en los cuales unos pioneros, criaturas de 12 años, la acusan de haber intentado adoctrinarlos, de violar sus derechos humanos. ¿Qué podrán saber esos niños de una doctrina que no sean el miedo y la obediencia?, ¿qué sabrán de derechos humanos?
Lógicamente nadie les ha explicado que ese concepto se mueve en las lindes de la actuación del Estado y su estructura institucional en contra de la población y no corresponde a acciones entre particulares. De tal modo que quien ha violado sus derechos —de ellos y de los más de diez millones de cubanos— constante y consuetudinariamente es el gobierno que nunca nos permitió —y por lo tanto no aprendimos a hacerlo— pensar, decir o escuchar algo distinto a lo establecido en los lineamientos del Partido, a riesgo del más infame, maquiavélico e inhumano catálogo de amenazas y represalias.
Eso que ahora padece Yoani Sánchez es lo que nos han hecho a todos por décadas. Porque todos, el pueblo entero, hemos sido su laboratorio de perversiones y, en definitiva, sus enemigos. Por eso nos convertimos, a la larga, en esta mezcla de impotencia y prepotencia pataleante que —sí, tiene razón Rafael Hernández— hemos hallado en internet un medio de desahogo y, más que eso, de unión, comunicación y denuncia.
Hubo allá, en “la tierra”, una danza tradicional —de aquellas prácticas culturales nacidas de la precariedad y que pareciera que esta “nueva precariedad” echa al olvido— llamada el baile de las chancletas. Un grupo de danzantes provistos de cutaras de palo —como diríamos en Oriente— llevaba con los pies el ritmo de la pieza que danzaban. La blogósfera cubana, este cibersolar, es eso: una virtual danza de las chancletas que hace demasiado ruido en los tímpanos del gobierno y sus secuaces. Que habla “muy rápido”, o sea, sin miramientos ni temores.
Internet, por muy limitado que tengan el acceso, es actualmente un tremendo enemigo del gobierno cubano. De modo que la única estrategia que les queda es demeritar a quienes hacemos uso de esta herramienta para, entre otras muchas cosas, abogar por la libertad de Cuba y de todos los cubanos. Porque las fuentes primeras de esa libertad son el libre acceso a la información y la posibilidad de estar de acuerdo o de disentir abiertamente. El día en que en Cuba pueda haber un periódico contestatario —como, por ejemplo, La Jornada en México— o comunicadores que desde los medios oficiales puedan separarse de la línea oficial; es más, el día en que los medios dejen de ser todos oficiales, estaremos en el camino de la democracia. Y ese sendero es el que hemos inaugurado —gústele a quien le guste— los blogueros de afuera y de adentro y todos los cubanos agrupados en las redes sociales de internet.
Porque si bien el blog, como género o espacio, fue concebido como bitácora personal, como anotación de diario íntimo, en el caso de los intelectuales cubanos ha venido a suplir las columnas de opinión que no existen en los periódicos nacionales. Y si bien las redes sociales —Facebook, Twitter, Hi5— fueron creadas para intercambiar frivolidades, trivialidades, boberías de muchachos, desde ellas los cubanos hemos desplegado más de una campaña virtual mundial —planeadas y estructuradas, o espontáneas— por los derechos y libertades en la isla, como lo hacen también, defendiendo sus propias causas, venezolanos y hondureños. Todo esto con el tremendo potencial de la inmediatez que propician las nuevas tecnologías.
Por eso pudimos saber al instante de las detenciones de los músicos Gorki Águila o Aldo el cantante de Aldeanos, incluso del mismísimo personaje bautizado como Pánfilo, y no subestimemos el papel que en sus respectivas liberaciones tuvo el grito alzado desde estos espacios por el exilio cubano. Porque la lucha ideológica, queridos camaradas, eso que allá se ha llamado batalla de ideas, tiene hoy matices internéticos y se libra también desde la virtualidad.




